Reseña de Naturaleza es nombre de mujer de Abi Andrews

Mi hermano y yo solíamos jugar muchas horas en el jardín de mi abuela Mane. Yo solía recolectar pétalos caídos de las flores para hacerles faldas y sombreros a los palitos de madera que en mis manos se convertían en personajes con los cuales jugar. A veces juntaba hojitas para hacerle camas a los caracoles. Mi hermano, por el contrario, buscaba hormigueros que destruir para pasar encima sus carros de juguete o crear campos de batalla para sus soldaditos. En fin, cosas de niños. Cosas de humanos. Hacemos lo que nos enseñaron. Yo, como buena mujer modelo, aplicando el cuidado y el sentimentalismo que mi condición femenina impuso desde el momento en el que el ultrasonido dijo rosa y no azul. Él, como buen muchacho, queriendo conquistar el jardín para colocar su banderita azul encima del ciruelo de mi abuelo.
Erin, como muchas otras jóvenes del mismo contexto —blanco, educado, atento a los cambios que la sociedad va marcando—, está harta de las imposiciones de género por medio de las cuales históricamente nos han obligado a las mujeres a hacer precisamente lo que nos enseñaron: al cuidado, al sentimentalismo y a la empatía que, a los ojos del mundo —o sea, ante la mirada masculina—, son considerados debilidades. Está harta de que las mujeres sean las que se quedan y los hombres aquellos que, sin un solo gramo de culpa, se lanzan disparados a levantar la pierna para marcar territorio y luego llamar a ese acto ‘aventura y amor a la naturaleza’. Siempre.
La historia que Abi Andrews nos comparte en Naturaleza es nombre de mujer es un relato coming of age narrado desde el tan necesitado lente ecofeminista. Si bien no es un texto teórico como podría sugerir el título (sobre todo la traducción al español), destaca que la autora logra integrar múltiples referencias sin que se vuelva una novela pretenciosa y cansada, así como establecer, de su puño y letra, verdaderos puentes de diálogo con personajes como Kerouac, Unabomber (Theodore John Kaczynski), Rachel Carson y Sylvia Plath. Puentes que, en ocasiones, adquieren valor precisamente cuando decide romperlos para tomar otros caminos, para observar desde otros lados.
El libro entero es un interesante proceso de búsqueda que consiste en tomar senderos previamente trazados y determinados exclusivamente por y para hombres. Erin decide seguir algunos no tanto por deseo sino por demostrar que las mujeres también pueden seguirlos. Es así que podemos leer un viaje de descubrimiento y de contacto con la naturaleza a la Christopher McCandless pero a través del cuerpo decidido y enrabiado de una joven de 19 años dispuesta a documentar su recorrido.
Es curioso que el relato marca una trayectoria en la que podemos atestiguar de primera mano los cambios y las decisiones tomadas sobre la marcha, empezando por la elección de Erin de tomar el camino largo para llegar a Alaska en lugar de abordar un vuelo directo. Esta elección inaugural es una afrenta directa al «deber ser» y muestra de que Erin ya no soporta los mandatos rancios. La historia es en sí misma un gigantesco «si ellos pueden, yo también», incluso sabiendo que el hecho de seguir los caminos trazados por los hombres exploradores de la historia revela una amarga verdad: poder hacer lo que ellos hacen no libera de la negatividad de sus comportamientos con respecto a la naturaleza, pues su amor a ella ha estado desde siempre enraizado en el antropocentrismo e individualismo del patriarcado.
Vivimos en un mundo de dicotomías cuyo origen desconocemos. El binarismo del mundo parte del lenguaje y este es un sistema contaminado. Erin cuestiona la dicotomía ‘lo salvaje vs. lo civilizado’ que alude por un lado a la razón de lo civilizado que se adjudica a lo masculino y por el otro al sinsentido de lo salvaje, relacionado con lo femenino. No busca que desaparezca en sí mismo el concepto de lo salvaje, así como tampoco quiere derrocar el sistema del lenguaje, pero sí enfatiza que ambos son transgredibles. Si lo salvaje existe, debemos acuñarlo como algo flexible, elástico, que late como micelio a punto de encontrar lugares nuevos, al igual que el lenguaje.
La importancia de Naturaleza es nombre de mujer radica en que devela las concepciones rancias que debemos de aprehender con las manos y observar con otros lentes, como los del ecofeminismo, aunque sin olvidar que hablar del ambiente, de la naturaleza, del cambio climático y de la simbiosis constante del antropoceno no es un tema que le compete sólo a las ecofeministas, a los científicos, a los biólogos y, claro, a aquellos hombres que en todo el esplendor de su privilegio huían de la civilización para escribir lo que tendría que ser la vida en comunión con la naturaleza. El tema nos compete a todas y todos. Y es que la literatura refleja el estado de la sociedad: una novela, un cuento, un texto académico o un poema que omiten el entorno y el ambiente que habitan revela la importancia de éstos para la persona, no para la voz literaria.
La eterna dicotomía en nuestras concepciones corrompe el lente empático que tanto necesitamos si queremos ver un cambio. Los binarismos se cimentaron en un suelo patriarcal, y ya hemos visto lo que ha sucedido con el mundo. Erin también lo ve y lo pone sobre la mesa: la explotación de ballenas por aceite; la cacería por diversión; la interminable cantidad de especies extintas y en peligro de extinción; el despojo de tierras a los pueblos originarios -que conlleva además el despojo cultural de los lazos directos que los habitantes establecen en y con sus locaciones geográficas- (tierras que además terminan convirtiéndose en estacionamientos de McDonald’s).
En fin, la lectura es conmovedora, triste, angustiante, dolorosa y suma y profundamente visceral. Erin cuestiona el patriarcado, lo que la lleva, inevitablemente, a cuestionar su propio lugar como mujer europea, blanca y de clase media. La diferencia entre ella y el resto de la mayoría de mujeres en el mundo es abismal; sin embargo, Erin la cuestiona, y eso ya es un paso agigantado a comparación de los hombres que escribían de árboles y de soledad pero a los que sus madres seguían lavándoles la ropa interior, como Thoreau.
Con este magnífico libro me llevo una pregunta importante que hace Abi Andrews en una entrevista: ¿Qué pasa con el paisaje, los animales y con otras personas bajo la mirada femenina? Y la respuesta no es simple: recibimos una socialización cargada de una opresión inherente al género que, aunque nos permite mirar las cosas a los lados y de abajo hacia arriba (y no eternamente de arriba a abajo como en el caso de los varones), es patriarcal, es capitalista. Pero Erin deja una cosquilla que como lector no se olvida fácilmente. Quizá la respuesta esté, al final de todo, en la quema (real y simbólica) de libros de autores canónicos (Thoreau, Unabomber, Kerouac) para aprender a tomar los caminos que no necesariamente están pavimentados.
Lo que este magnífico libro me deja y que más atesoro es notar cosas que antes no veía por pensar, primero que nada, en la utilidad inmediata de las acciones, como mirar los árboles para caminar a la tienda o aprenderme los nombres de las plantas que crecen alrededor de mi edificio; porque ¡no es posible que no nos sepamos los nombres de las plantas!, porque ¡no es posible que cuando nos hablan de inteligencias no humanas el primer lugar en el que aterriza nuestra mente es el de la inteligencia artificial y no el de las plantas, los hongos y los animales!
Hace unas semanas hice un viaje desde Tepoztlán a Ciudad de México con una persona a la que quiero mucho y su mamá. Al subirnos al coche su madre dijo «Vamos a tomar la carretera libre, pienso que aunque nos echemos más tiempo de camino el paisaje será mucho más bonito.» Y tal vez este tipo de decisiones sean las que Abi Andrews quiere que, si no tomemos, por lo menos nos detengamos a considerar como algunas de las múltiples maneras de llegar a nuestro destino.
