Reseña de Artaud lengua∞madre

Artaud lengua∞madre no es sólo un libro: es un performance en sí mismo, un artefacto que, para echarlo a andar, el lector deberá dejar la huella punzante de su paso: tendrá que cortarlo, pasar la navaja afilada por las dobladuras de los pliegos que lo conforman y así acceder a su contenido.
Ya dentro, el lector encontrará un cuerpo fragmentado en seis que flota adolorido y contradictorio —sobre el éter de la cultura y el mercado del arte—, en su viaje a la expresión final que, no obstante, nunca deja al amor fuera. La oquedad vertical que atraviesa todo cuerpo humano —figurativamente, incluso a esta obra y su materia—, es en gran medida el escenario que posibilita el performance mismo, del que el lector no podrá dejar de ser parte.
La narrativa del cuerpo que se reconoce —la necesidad del artista de liberarse absoluta, incansablemente—, entra en diálogo no sólo con textos externos —otros cuerpos—, sino con la capacidad del lector de no cegarse ante el derroche de energía emancipadora que no teme a la blasfemia ni da tregua a la cándida mentira, porque ese yo que allí habla no duda ni un momento de que su posible enjuiciador ha muerto.
Emilio García Wehbi y Gabo Ferro lanzan un dardo certero al núcleo de las nociones tradicionales de autoría y obra, trasladando su mensaje, del escenario físico en que este performance fue representado, al escenario multitudinario configurado por el archipiélago de los lectores de este «dispositivo editorial» que santifica toda lengua.
Federico Irazábal explica en su Manual de Usuario —sexto fragmento de este artefacto que convierte al usuario en «… sujeto gracias a que aquél se pone a su servicio»—, que Artaud es al teatro lo que el desperdicio al banquete: el resto, el símbolo del hastío. Artaud es el nombre de ese lugar de crisis y radicalidad en que nuestros autores se han situado frente a nosotros: sin sujeto claro ni voz definida, al centro de esta apertura/oquedad que nos reune en torno suyo y que es la obra misma; el arte de lo resudual busca un yo inmerso en la paradoja que es en sí mismo, aunque extraviado, como el «único pronombre no negociable». La oscilación conciente entre los arquetipos en que Nietzsche funda su pensamiento en torno al teatro —a saber: Apolo y Dionisos—, permite, si bien no comprender al menos situar Artaud lengua∞madre: un «serpenteo» entre voces y cuerpos en el que la lengua es más un «músculo que un sistema de organización de sentido», y donde la lengua del otro —ese yo que no es yo y, no obstante es yo—, es la fuente de todo lo impensable, y se convierte en el extremo opuesto de un uróboros, sí: el que devora, como el aplauso domesticador devora al poeta y banaliza su libertad y soberanía. •

