Trabajo en ayunas

El diario onírico de Nathalie Regard

Amar es no dormir…

Xavier Villaurrutia

México, 24.11.2009. Nathalie Regard reporta un sueño de una calidad casi abstracta: “Sueño con un nombre en inglés: Chilean Library City”. La frase se me antoja como un título alterno a su libro: el nombre simbólico, mágico, hiperbólico, en una palabra, soñado, de su compilación Sueños. El volumen es poliédrico, como corresponde a un compuesto de delirio, disciplina y una infatigable indiscreción.

Este es un diario escrito al pie de la cama de los sueños que Regard rescató durante dos años, entre el 8 de septiembre de 2008 y el 3 de agosto de 2010. La autora no ha hecho esfuerzo alguno en justificar el marco de esas fechas: de hecho, en la pequeña nota que abre el volumen Regard avisa que la compilación es sólo la punta de un iceberg: “Desde hacemos de veinte años me dedico a transcribir la memoria de mis sueños en una serie de diarios que articulan mi práctica artística como un modo de vida. Los organizo por fecha y lugar donde despierto, evitando en todo momento la autocensura.” Al diablo pues con la admonición de Walter Benjamin en Calle de único sentido contra la idea de transcribir lo que se sueña tan pronto se despierta uno, porque según él uno está en peligro de traicionarse: “El que está en ayunas habla del sueño como si hablara dormido”, dice Benjamin.[1] Regard asume precisamente ese estado de confusión de los ritmos vitales como su proyecto de largo plazo. Estos son textos que de hecho redacta la duermevela. No obstante, gracias al cuidado proceso de la edición, los textos publicados nada tienen de impolutos. Consignemos la realización del deseo que registra el sueño del 24 de enero de 2009: “Sueño que alguien lee mis sueños y dice que escribo bien, y debiera escribir un libro”. (74) Profecía cumplida.

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Quienes conocemos aunque sea superficialmente la obra de Nathalie sabemos que hay una maleta rodando en su estudio repleta con 108 libretas con pasta dura negra, que contienen la transcripción original de los sueños de Regard entre 1999 y 2008. Son sueños que anteceden la tajada del libro impreso. A esas colecciones debemos añadir el video que registra la transcripción del sueño de Regard del 10 de junio de 2007, The Dream of the Christ of St. John and the Cross, una serie de audios y pinturas sobre sueños, que completan la serie de Bed Time Stories, y posteriormente el proyecto colectivo Dream Sessions lanzado en septiembre de 2017 en que, en colaboración con Guillaume Dumas y Roberto Toro, Regard acompaña su transcripción subjetiva del sueño como experiencia, con la lectura de datos psicológicos y de comportamiento de su vida interior, captados por una serie de sensores y gráficas de la actividad cerebral de la soñadora.

La conclusión forzada es que la materialización de una de esas colecciones en un libro tan elegante es programática. El hermoso volumen verde de Sueños. Reves Dreams publicado por Periferia en 2019, es algo más que el contenedor de un texto: se trata de un significante material: una señal, una ficha, un obsequio y un testigo, todo lo que cómodamente el inglés empaca en la palabra token, del compromiso de Regard con el material de sus sueños. Sueños. Reves. Dreams es un movimiento en un tablero de procesos conceptuales. Momento literal de publicación, de “hacer pública”, la ambición de usar la transcripción onírica como un gozne entre “vida artística y modo de vida.” Esos motivos son altos, y explican por qué la editora, diseñadora y directora de Periferia Taller Gráfico, Cristina Paoli, ha invertido tanto en dar al libro una contundencia objetual superlativa. La actitud de este volumen de más de quinientas páginas, es sugerir que es parte de una biblioteca hipotética. El vestido o traje del ejemplar es el de una publicación canónica y definitiva: no un mero tomo deambulando por la atención de los lectores, sino la clase de libro seguro de su definitividad que se siente seguro de acabar apoltronado en un estante consentido en el silencio de la biblioteca.

Sueños. Reves. Dreams ha sido diseñado y producido, presidida por una estética atravesada de una variedad de dobleces y paradojas. Combina la ostentación de una serie de valores de una gran seriedad formal, junto con discretas transgresiones y pecados impresos. Esa mezcla de clasicismo y extrañeza sugiere su materia, la de sueños formalizados pero nunca censurados, lo mismo que su excepcionalidad como objeto de arte. Por un lado está la casi suntuosa encuadernación en tela en un tono entre verde salvia y olivo, con las letras del título en tres grosores de tipografía futura bellamente grabados en relieve en tinta negra. Esa elegancia se ve contradicha apenas uno abre la tapa al enfrentarnos con una encuadernación aparentemente rota, que sólo cuelga de la tapa trasera, para entregar el volumen en una especie de caja abierta por un lado que muestra el lomo y portadilla desprotegidos, como si se hubiera desbalagado y vencido por el abuso. La desnudez de las costuras permite ver los números de cuadernillos cayendo en el lomo interno como una cascada diagonal que sugiere un texto secreto. En cuanto al texto, encontramos también una mezcla de rigor y arbitrariedad magnificada por su discreción: la generosa legibilidad de la letra Centaur MT se ve traviesamente alterada por el modo en que las fechas, encajonadas entre corchetes,“jalan” o sangran el margen hacia la izquierda arrastrando tras de sí los números en el pie de la página . Todo ese juego viene a completarse con un estorbo genial: el libro viene adicionado no con uno, sino cuatro, listones para separar las páginas. Son un enredo: más de una vez en mi lectura confundí el listón y perdí mi página. Pero además de desafiar la funcionalidad, esos listones son una orientación poética: a la línea convencional de los separadores que dicen algo así como “aquí dejé mi lectura”, oponen la liberación desdeñosa de un: “lea usted donde le nazca.”

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Doy por descontado que ustedes comprenden que publicar bitácoras de los sueños tiene como resultado crear un depósito de cierta obscenidad, no únicamente en el sentido de la etimología admitida de “confrontación” con el caenum (cieno, suciedad) sino en términos de la falsa etimología popular, basada en Plauto, que opone lo dicho a lo actuado en el scenus o escena.[2] Ese es el sentido que elabora Jean Baudrillard en un ensayito de Contraseñas (2000): “la visibilidad total de las cosas… hasta tal punto insoportable que hay que aplicarle la estrategia de la ironía para sobrevivir.”[3]

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Por supuesto que Regard comete una audacia para muchos impensable al dejar a la vista una materia tan íntima como sus aventuras en el trance de la inconsciencia. No importa donde abramos el volumen nos topamos con la experiencia exaltada de lo que ella misma describe como “viajes espirituales y poderosos, experiencias personales y colectivas a la vez”. (9) La geografía de relatos, visiones, balbuceos, frases y monstrificaciones de Sueños forman un archipiélago donde si bien no hay un relato persiste una cierta unidad temática. Theodor Adorno quien también tuvo la osadía de dejar transcritos los protocolos de sus sueños, expresó esa continuidad digamos mitológica de lo onírico de un modo difícilmente superable “Nuestros sueños no solo están vinculados entre sí en cuanto ‘nuestros’, sino que forman también un continuo, pertenecen a un mundo unitario, lo mismo, por ejemplo, que todos los relatos de Kafka transcurren en ‘lo mismo.’”[4]

En el caso de Regard “lo mismo” consiste en el ruido y las obsesiones de la pintora atravesando tres mundos a la vez atravesados de afectos y de desafíos imposibles: el mundo del arte y sus rituales formalizados de oportunidades y obstáculos; la familia y sus enredos y ambigüedades infinitas de dolor y paz, odio y afecto; y la constante preocupación por el sexo y la pareja. Como era de esperarse, los sueños de Nathalie abundan en momentos de lubricidad que prueban que en efecto no ha pasado sus apuntes por el cedazo de la censura. Para muestra un botón: “Recuerdo una figura erótica de tres cuerpos —escribe el 2 de agosto de 2009—. Uno es un animal, una foca que le da sexo oral a un hombre, el tercero es un cuerpo invertido. Soy yo, me dan sexo oral y el hombre es mi padre, le pido que lo haga más a fondo”. (224) Nathalie consigna una fantasía tan extrema como una especie de cogito, como una constatación existencial: “Esto pasa el limite del incesto, llego a un punto en que no me importa nada, únicamente estar.” (225) Pero al mismo tiempo, la lectura del volumen hace pensar que todo su erotismo sigue orientado hacia el sentimiento escurridizo de la comunión. Los momentos más luminosos de Regard son celebraciones de la compañía: “Nadamos por avenidas de luz y agua. // Imponer mi voluntad no tiene sentido y tampoco esforzarse. Fluimos de manera natural, no importa que cada quien esté en su canal. Es otra maneara de estar juntas.” (148) Quizá el libro entero gire en torno de la frase esperanzada y sabia que preserva la transcripción de su sueño del 6 de mayo de 2010:

Después del encuentro con el amor, llega el momento de volar a partir. Amor escrito con A mayúscula, es el punto de apoyo para salir a la vida. (450)

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Por lo demás, como una biblia o un libro de poemas, el volumen de Sueños está hecho para acariciarse y leerse por zambullidas, en búsqueda de perlas y paisajes. Yo encuentro particularmente inspirada una frase del 23 de mayo de 2009: “La mentira no existe, es una metáfora que representa una idea” (149) El aforismo delinea toda una epistemología, la idea de una hermenéutica inacabable, afín a la crítica ideológica, donde todo engaño se entiende como un criptograma o un símbolo. La pregunta ineludible es si los sueños de Regard encierran además de una metodología, un significado. Por un lado, es evidente que los sueños de Regard son una crónica torcida de las fantasías y temores que aceitan la vida de los participantes del llamado “mundo del arte”. Uno lee una anécdota particularmente hilarante, como el enojo de Nathalie cuando sueña que el coleccionista César Cervantes pretende cobrarle un “impuesto del 3.75%” por ¡su lista de direcciones!” (386) Se vislumbra ahi la medida en que el acceso personal a una serie de individuos, lo que designamos con el anglicismo del networking, se ha vuelto un capital tan o más importante que dinero o el talento. Debe haber alguna observación sociológica escondida cuando, casi al final del libro, Regard nos cuenta que ha sido apresada por el gobierno acusada de estar implicada en una red de tráfico de órganos. Todo ha sido culpa de una suplantación: “Nestor Quiñones es un delincuente, trafica órganos, y está preso por robar un corazón” y en esos crímenes ha secuestrado la identidad de Regard, implicándola. Bella figuración de la manera en que el arte es un juego de plagios, apropiaciones y la puesta en juego de las visceras.

Buen momento para que nos ocupémonos, por así decirlo, del elefante en el recibidor. ¿Qué decir del abuso que el inconsciente de Regard hace de decenas de personas vivas para volverlas sombras de sus deseos y arbitrariedades delirantes? Como la autora advierte en su pequeña nota editorial, es importante leer el índice onomástico al final del volumen como parte integral del texto. Mientras que Cristo, Batman, Robin, Frida Kahlo, George Bataille, Jeremy Deller y Jean Luc Godard hacen sólo una aparición de cameo en el torrente onírico de Nathalie, es notable que su padre, Jacques A. Regard, se manifieste en nada menos que cincuenta páginas, su hermana Dominique en cuarenta, y su madre Eliano Lhorante en cerca de noventa. Tiene razón la niña anónima que, como pitonisa, señala irónicamente a la autora: “Esto sería objeto de interés freudiano.” (365)

El problema empieza cuando uno revisa ese índice, que por cierto esta ordenado por nombre de pila y no por apellido, y se da de bruces con el dato de que un tal “Cuauhtémoc Medina” aparece como protagonista de sueños en nada menos que veinticuatro planas. Este registro de egomanía no solicitada se ahonda cuando se examina el modo en que aparezco en los sueños de Regard: hablando con una mujer serás de una columna para decirle desfachatadamente “Me fascinas” (357); rodeado de artistas jóvenes yendo de paseo (343), y un poco más adelante en “una situación decadente, adulando a niñas que producen Arte meramente estético y superficial”.(414)

El asunto se sale totalmente de cuadro cuando Nathalie comenta mi irrupción acompañado con mi ex mujer diciendo, muy insidiosamente, que el que escribe, “a pesar de ser casado y también es gay.” (230) Pero aún que me pinte tan embobado de un performance que dejo morir a mi hija en sus brazos de un ataque al corazón, sin mostrar la más mínima reacción. (481) De pronto Regard me hace protagonista de todo un enredo edípico: “Estoy situada entre dos figuras de amor, la de Cuauhtémoc Medina y la de mi papa. En lo más profundo, un desencuentro me frustra. Veo a Cuauhtémoc como mi padre, desconectado, su amor es incondicional pero ineficiente. Entramos en una discusión, mi decepción viene del hecho de que no percibe lo que siento. ¿Le da igual o está dormido?” (345) ¡Válgame, señora! La dormida es otra… Pero el delirio no deja de ser perspicaz: los críticos y curadores requerimos colocarnos en una casilla simbólica donde aparecemos como agentes de la demanda, y por tanto como engranajes de un afecto sí, el adjetivo es exacto, “ineficiente”. Y sin embargo, Regard tiene toda la razón cuando apostilla, apenas abajo: “Tengo algo profundamente desagradable que arreglar con mi padre.” ¡No lo dudamos!

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Es por demás cómico que, seguramente dictado por un abogado, el libro de Regard ostente en la página legal la siguiente advertencia: “Esta es una obra de ficción. (…) Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o eventos reales es mera coincidencia.” Bien sé que esa clase de frases se hacen necesarias para evitar que, digamos, alguien como “Cuauhtémoc Medina», que según recuerda sólo tuvo un par de conversaciones eso sí, profundas sobre el trabajo de Regard hacia mediados de los años 2000, no la demanden la corte, pero aún así la fórmula parece inexacta. Decir que lo sueños son “obra de ficción” es una tesis vagamente cobarde. Me seduce la forma en que el epiloguista de los sueños de Adorno, Jean Philipp Reemtsma, glosa la idea freudiana de que los sueños cancelan en parte la frustración diurna, diciendo: “El sueño carece de intención porque es intención.”[5] Este es un paquete-bomba donde, con todas las argucias de un código retorcido, Regard viene a deslizar una variedad de acciones de su deseo que impresas adquieren la connotación de ser una cierta clase de testimonio. Pero si en la privacidad de la almohada los sueños y sus interpelaciones son diálogos más o menos inocuos, ya impresos se asemejan a un robo de órganos: la creación de zombies y espectros incontrolables que llevan, como un Gólem, un nombre en la frente. En algunos casos, son nuestras sombras y homónimos. Por lo demás una confesión: yo encuentro todo esto muy divertido. Es como si hubieran extendido mi pobre biografía en una serie de dobles no autorizados.

Como alguien que prácticamente no sueña, o para ser más claro, como un exitoso censor de mis sueños, me siento impulsado a declarar que el libro de Regard es una rara conjunción de lo inútil y lo intrigante: un enigma público y un ramillete de seducciones. ¿Moraleja? La conclusión está consignada en un sueño del 7 de abril de 2009, en una sentencia que no podría ser más sabia y definitiva: “En el sueño me dicen que, por más que insista, no puedo obtener lo que quiero.” (118) Y como dice el sueño del 10 de septiembre de 2008: “Esta fiesta es una experiencia.” Felices sueños y feliz lectura.

* Texto para la presentación de: Nathalie Regard, Sueños. Reves. Dreams, México, Periferia. Taller Gráfico, S. C., 2019, Galeria Metropolitana, 23 de enero 2020


 

[1] Walter Benjamin, Calle de mano única, Buenos Aires, trad. Ariel Magnus, Ed y prol. Jorge Monteleone, El cuenco de plata, 2014, p. 44)

[2] “Obsceno” en: http://etimologias.dechile.net/?obsceno

[3] Jean Baudrillard, Contraseñas, trad. Joaquín Jordá, Barcelona,Editorial Anagrama, 2002, p. 38.

[4] Theodor W. Adorno, Sueños, ed. De Christoph Gödde y Henri Lonitz, epílogo de Jan Philipp Reemtsma, trad. Alfredo Brotons, Madri, Akal, 2008, p. 89

[5] Adorno, Sueños, p. 104.